¿Ya probó a observar los desperdicios que se producen diariamente en casa y a intentar imaginar lo que ocurrirá con ellos después de que sean arrojados a la basura? Podemos ayudarle con algunos números.
Cada vez que reciclamos mil kilos de papel, impedimos que se corten 20 árboles. Ese papel, si se echase a la basura, tardaría hasta tres meses en descomponerse.
Reciclar una tonelada de vidrio, a su vez, evita la extracción de 1300 kilos de arena. Si no lo hacemos, pasarán cuatro mil años hasta que se descomponga.
Las políticas ambientales actualmente en vigor se concentran en las tres "R": Reducir, Reutilizar, Reciclar. El objetivo de la primera “R” es desperdiciar menos, y el de la segunda es usar los objetos varias veces antes de librarnos de ellos.
El reciclado no es algo que podamos hacer en casa, ya que son las industrias especializadas las que se dedican a esa tarea. Sin embargo, es posible preparar ese trabajo para hacerlo eficaz. La conciencia ambiental pasa por la adopción de hábitos simples, incluso cuando los productos que ya no vamos a usar se destinan a vertederos. Doblar y aplastar lo mejor posible las botellas de agua, por ejemplo, puede añadir 15 años de vida útil a un vertedero.
Cuando se trata de preciclar —es decir, preparar para el reciclado—, se exige el mismo sentido práctico. El papel, el vidrio, el cartón y las pilas se deben depositar en recipientes separados, para que luego puedan ser arrojados a los contenedores específicos.
Preciclar también significa pensar antes de comprar: intentar entender si lo que estamos comprando es reciclable y si existen formas concretas de hacerlo. O si el envase que estamos adquiriendo se puede reutilizar para otros fines, en vez de ser definitivamente desechado. Tengamos en cuenta, por ejemplo, que el vidrio es completamente reciclable, al contrario que el plástico, además de poder ser también fácilmente reutilizado.
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